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Blog · Vida digital

Cansancio digital: con el celular en la mano

Por qué terminás agotada sin haber hecho tanto: el cansancio digital no son las horas de pantalla, es el entrar y salir del foco. Y tiene arreglo.

Por Lau

No sé si te pasó. A mí me pasó: terminar una mañana de trabajo y preguntarme por qué estoy tan cansada, si “solo” estuve frente a la pantalla. No levanté nada pesado, no corrí a ningún lado. Y sin embargo, la cabeza quedó exprimida.

Ese cansancio tiene una explicación, y no es que te falten fuerzas.

Alguien frente a la computadora con el celular al lado, media mañana, luz natural

No son las horas, es el entrar y salir

Antes la vida estaba mejor delimitada: terminabas tu trabajo, te ibas a tu casa y pasabas a otra cosa. Hoy está todo mezclado. Estás a las 12 de la noche tirada en la cama contestando un mail de laburo, o cocinando con el celular en la mesada esperando que algo suene.

El problema no es la cantidad de horas que pasamos conectadas. Es otra cosa, más silenciosa: cada notificación que llega te saca de lo que estabas haciendo. Y volver a encontrar el hilo —ese punto exacto donde estabas pensando— cuesta el doble. Entrar y salir, entrar y salir del foco. Eso es lo que agota.

Es como el auto que arranca y frena todo el tiempo: gasta mucho más que el que va a velocidad constante. Por eso al final del día no son 8 horas de trabajo las que pesan: es como si fueran casi el doble, por el desgaste mental de retomar el foco una y otra vez.

A eso le vamos a poner nombre: cansancio digital.

La torta en el horno

Pensalo así: tu atención es como una torta en el horno. Si la ponés y la dejás su tiempo, se hace. Pero si abrís el horno a cada rato para ver cómo va —a ver qué pasa, a ver qué pasa— se te baja el bizcochuelo. No se hace nunca.

El celular te está abriendo el horno todo el tiempo. Un mensaje, una reacción en el grupo, la campanita de YouTube avisando que salió un video. Cada una parece chiquita, pero la suma te deja sin torta y sin energía.

La salida no es apagar nada

Acá viene lo importante: no hace falta huir del celular ni tomar medidas radicales. La salida es configurarlo. Que sea tu herramienta, que se adapte a vos —no al revés.

Hay un botón que casi nadie usa y que está ahí nomás, cuando deslizás la pantalla hacia abajo, al lado del Wi-Fi y el Bluetooth: el modo no interrumpir. Lo tocás y silencia todas las notificaciones hasta que vos decidas. Ojo: las seguís recibiendo, no te desconecta de nada. Solo que vos elegís cuándo mirarlas.

Y si pensás “pero yo no me puedo desconectar, mi hijo está en tal lado” —ahí está la parte buena: si mantenés apretado ese mismo botón, podés configurar excepciones. Que suene si llama tu hijo, tu mamá, esa persona que sí o sí tiene que poder encontrarte. Con eso te quedás tranquila y el resto espera.

Captura del panel de accesos rápidos del celular con el ícono de no interrumpir señalado

El segundo paso es hacer limpieza de notificaciones, que es como ordenar la mesada antes de cocinar. WhatsApp, si no tocaste nada, viene de fábrica avisándote todo: mensajes, grupos, menciones, hasta las reacciones que le ponen a lo que escribiste. Es tremenda la cantidad. Entrá a administrar las notificaciones —desde los ajustes de la app o desde el propio celular— y quitá todas menos una o dos, las que de verdad usás en el día a día.

Y un truquito puntual: en YouTube, suscribirte a un canal está buenísimo, apoyás a quien crea contenido. Pero la campanita no. La campanita es el infierno: te avisa cada video nuevo, diez, veinte por día. El algoritmo ya te lo va a mostrar igual.


Este post nace del segmento de radio que comparto con Laura Otaegui en FM La Única 105.1, y ahora también es un episodio del podcast Entre el ruido digital. Una pausa para pensar nuestra vida conectada, desde Puerto Madryn para donde estés.

¿Te sirvió? Una vez al mes te mando notas como esta, lo nuevo de IA que vale la pena y el aviso de los próximos talleres.